Solemnidad de la Ascensión del Señor
- Gina Sanabria
- 17 may
- 3 Min. de lectura

Jesús sube al cielo, pero permanece con nosotros
La Solemnidad de la Ascensión del Señor es una de las celebraciones más profundas y esperanzadoras de la fe cristiana. A simple vista podría parecer una despedida: Jesús asciende al cielo y desaparece de la vista de sus discípulos. Pero en realidad, la Ascensión no es un abandono; es el inicio de una nueva manera de presencia. Cristo no se aleja del hombre: entra plenamente en la gloria del Padre para permanecer para siempre con su Iglesia.
Después de la Resurrección, Jesús pasó cuarenta días manifestándose a sus discípulos. Caminó con ellos, les habló del Reino de Dios, fortaleció su fe y preparó sus corazones. Los discípulos todavía tenían miedo, dudas e inseguridades. Muchos aún esperaban un reino político o visible. Pero Jesús les enseñó algo mucho más grande: el Reino de Dios comienza en el corazón y se extiende por medio del amor, la verdad y el Espíritu Santo.
La Ascensión, narrada especialmente en Hechos 1, 6-11 y Lucas 24, 50-53, marca el momento en que Jesús glorificado vuelve al Padre. Los discípulos lo ven elevarse al cielo mientras los bendice. Esa imagen es profundamente humana y espiritual al mismo tiempo: Jesús se va bendiciendo. No se marcha con enojo, ni con distancia, sino dejando paz, esperanza y misión.
Muchas veces nosotros también vivimos experiencias de ausencia. Sentimos que Dios está lejos, que el cielo guarda silencio o que caminamos solos. Pero la Ascensión nos recuerda que Cristo nunca abandona a los suyos. Él prometió:
“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20).
Jesús asciende corporalmente al cielo, pero permanece sacramentalmente, espiritualmente y profundamente unido a nosotros. Está presente en la Eucaristía, en su Palabra, en los pobres, en la oración y en cada corazón que lo busca sinceramente.
La Ascensión también revela el destino glorioso del ser humano. Jesús no sube solo como Dios; asciende llevando nuestra humanidad. Esto significa que el cielo está abierto para nosotros. En Cristo, la humanidad entra en la gloria de Dios. Por eso esta solemnidad no habla de distancia, sino de esperanza. Nuestro destino no es el vacío ni la oscuridad: estamos llamados a la vida eterna.
Pero antes de subir al cielo, Jesús deja una misión:
“Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio” (Marcos 16,15).
La Ascensión es también un envío. Los discípulos ya no pueden quedarse mirando al cielo paralizados. Deben regresar a Jerusalén, esperar el Espíritu Santo y convertirse en testigos. Lo mismo sucede hoy con nosotros. No basta admirar a Jesús; debemos anunciarlo con nuestra vida. Cada cristiano está llamado a ser presencia de Cristo en medio del mundo herido.
En una sociedad marcada por el miedo, la desesperanza y la soledad, la Ascensión del Señor nos invita a levantar la mirada. Cristo reina, Cristo vive y Cristo acompaña el caminar de su pueblo. Aunque no lo veamos con nuestros ojos, Él sigue actuando silenciosamente en la historia.
La Ascensión también nos enseña a vivir con los pies en la tierra y el corazón en el cielo. Muchas veces nos aferramos demasiado a lo pasajero: problemas, ambiciones, heridas o preocupaciones materiales. Jesús nos recuerda que nuestra vida tiene una dimensión eterna. El cielo no es una fantasía; es la meta hacia la cual caminamos.
Por eso esta solemnidad es una fiesta de esperanza. Jesús no desaparece: se glorifica. No nos deja huérfanos: promete el Espíritu Santo. No termina su obra: la continúa a través de la Iglesia.
Hoy más que nunca el mundo necesita discípulos que vivan con la certeza de que Cristo está vivo. Personas que no se queden detenidas mirando el pasado, sino que caminen con valentía hacia la misión. La Ascensión del Señor nos impulsa a confiar, a perseverar y a recordar que nuestra historia está en las manos de Dios.
Que esta solemnidad renueve nuestra fe. Que podamos descubrir que Jesús sigue caminando con nosotros en medio de nuestras luchas, heridas y alegrías. Y que mientras avanzamos en esta vida, nunca olvidemos que el cielo ya se abrió para la humanidad en Cristo Resucitado.
Porque la Ascensión no es el final de la historia. Es el comienzo de una esperanza que jamás termina.



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